La persona que desea ser bella primero debe ser sana, pues toda alteración de la salud repercute automáticamente sobre la armonía externa del cuerpo. Podemos decir que Salud y Belleza son sinónimos y no se concibe el uno sin el otro: el cuerpo sano es bello, y la persona que es bella no puede estar enferma.
En la antiguedad era común confundir la enfermedad corporal con las dolencias del alma, de ahí que muchos milagros realizados por Jesús, según el Evangelio, hablaban de una curación física que en realidad representaba la limpieza del alma, el perdón de sus pecados. Aparentemente, la ley Natural y la ley Moral eran una misma cosa.
El tipo clásico de salud y belleza del hombre y la mujer ya se hallaba inmortalizado por la
cultura griega en las figuras de los dioses Apolo y Venus, máximos exponentes de la belleza y perfección de sus cuerpos, correspondiendo esta armonía exterior a una condición análoga de los órganos internos.
Este concepto perdura hasta nuestros días pues el hombre o mujer sanos tienen cuerpo y rostro hermoso, y tanto su constitución como su semblante reflejan la normalidad y perfección de su estructura interna y la salud de sus órganos.
En general, podemos decir que la belleza es la normalidad, la perfección. Cuando decimos que una flor es bella, que un atardecer es hermoso, o nos impresiona una risa fresca, un rostro bello, en realidad estamos admitiendo una perfección en cada una de estas cosas, una normalidad que no se corresponde con ningún defecto, con ninguna alteración en la uniformidad de su armonía externa.
Del mismo modo, toda anormalidad o imperfección afecta directamente la armonía que tienen las cosas bellas. Es decir que, toda imperfección en el rostro o en el cuerpo del hombre es manifestación de anormalidad orgánica, una alteración de la salud ya sea adquirida o heredada. Así por ejemplo, no es posible concebir una hermosa sonrisa que muestre una dentadura imperfecta, con dientes cariados o deformes. O un rostro con lunares o manchas. Podemos generalizar que toda anormalidad o imperfección en la armonía del cuerpo es el resultado de alguna anormalidad o imperfección de algún órgano interno, que no es otra cosa que una alteración de la salud. Y una alteración de la salud se refleja de manera inmediata en el semblante de la persona enferma.
En consecuencia, podemos concluir que las características del cuerpo sano se corresponden con el ideal de belleza, siendo las personas sanas necesariamente bellas pues se rejuvenecen y vigorizan, derrochan vitalidad y son inmunes a las enfermedades. La persona sana es fuente de bienestar y felicidad que desparrama a su alrededor y contagia a las personas que le rodean.
De ahí que quien aspira a ser bella debe identificar las imperfecciones que a su criterio afean la armonía de su aspecto físico y buscar la normalidad funcional de su organismo para recuperar la salud y beber de la fuente de la belleza.
En la antiguedad era común confundir la enfermedad corporal con las dolencias del alma, de ahí que muchos milagros realizados por Jesús, según el Evangelio, hablaban de una curación física que en realidad representaba la limpieza del alma, el perdón de sus pecados. Aparentemente, la ley Natural y la ley Moral eran una misma cosa.
El tipo clásico de salud y belleza del hombre y la mujer ya se hallaba inmortalizado por la
cultura griega en las figuras de los dioses Apolo y Venus, máximos exponentes de la belleza y perfección de sus cuerpos, correspondiendo esta armonía exterior a una condición análoga de los órganos internos.
Este concepto perdura hasta nuestros días pues el hombre o mujer sanos tienen cuerpo y rostro hermoso, y tanto su constitución como su semblante reflejan la normalidad y perfección de su estructura interna y la salud de sus órganos.
En general, podemos decir que la belleza es la normalidad, la perfección. Cuando decimos que una flor es bella, que un atardecer es hermoso, o nos impresiona una risa fresca, un rostro bello, en realidad estamos admitiendo una perfección en cada una de estas cosas, una normalidad que no se corresponde con ningún defecto, con ninguna alteración en la uniformidad de su armonía externa.
Del mismo modo, toda anormalidad o imperfección afecta directamente la armonía que tienen las cosas bellas. Es decir que, toda imperfección en el rostro o en el cuerpo del hombre es manifestación de anormalidad orgánica, una alteración de la salud ya sea adquirida o heredada. Así por ejemplo, no es posible concebir una hermosa sonrisa que muestre una dentadura imperfecta, con dientes cariados o deformes. O un rostro con lunares o manchas. Podemos generalizar que toda anormalidad o imperfección en la armonía del cuerpo es el resultado de alguna anormalidad o imperfección de algún órgano interno, que no es otra cosa que una alteración de la salud. Y una alteración de la salud se refleja de manera inmediata en el semblante de la persona enferma.
En consecuencia, podemos concluir que las características del cuerpo sano se corresponden con el ideal de belleza, siendo las personas sanas necesariamente bellas pues se rejuvenecen y vigorizan, derrochan vitalidad y son inmunes a las enfermedades. La persona sana es fuente de bienestar y felicidad que desparrama a su alrededor y contagia a las personas que le rodean.
De ahí que quien aspira a ser bella debe identificar las imperfecciones que a su criterio afean la armonía de su aspecto físico y buscar la normalidad funcional de su organismo para recuperar la salud y beber de la fuente de la belleza.



